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“Samuel estableció las escuelas de los profetas para que sirviesen de barrera contra la extendida corrupción resultante de la conducta inicua de los hijos de Elí y para fomentar el bienestar moral y espiritual del pueblo. Estas escuelas fueron una gran bendición para Israel al promover aquella justicia que engrandeció a una nación y la dotó de hombres aptos para actuar, en el temor de Dios, como dirigentes y consejeros. Al llevar a cabo este objeto, Samuel formó grupos de jóvenes piadosos, inteligentes y estudiosos. Se los llamó hijos de los profetas. Los instructores eran hombres no solamente versados en la verdad divina, sino personas que habían gozado por sí mismas de comunión con Dios y habían recibido el don especial de su Espíritu. Gozaban del respeto y la confianza del pueblo, por ser doctos y piadosos.

“En los días de Samuel, había dos escuelas de esta clase: una en Rama, hogar del profeta, y la otra en Kiryat-jearim, donde entonces estaba el arca. Dos fueron añadidas en tiempo de Elías, en Jericó y Betel, y otras se establecieron más tarde en Samaria y Gilgal.

“Los alumnos de estas escuelas se sostenían a sí mismos por medio de su propio trabajo como labradores y mecánicos. En Israel esto no se consideraba extraño o degradante; se tenía por un crimen el dejar que un niño creciese ignorando algún trabajo útil. En obediencia al mandato de Dios, a cada niño se le enseñaba algún oficio, aun en el caso de que tuviese que ser educado para un cargo sagrado. Muchos de los maestros religiosos se sostenían a sí mismos por medio del trabajo manual. Aun en época ulterior a la de Cristo, no se consideraba degradante que Pablo y Aquila se ganaran el sustento trabajando de fabricantes de tiendas.

“Los principales temas de estudio eran la ley de Dios, con las instrucciones dadas a Moisés, historia sagrada, música sagrada y poesía. Era el propósito grandioso de todo estudio aprender la voluntad de Dios y los deberes de su pueblo. En las crónicas de la historia sagrada se seguían las huellas de Jehová. De los hechos del pasado se sacaban lecciones de instrucción para lo futuro. Las grandes verdades expuestas por los símbolos y sombras de la ley mosaica eran sacadas a luz y la fe se asía del objeto central de todo el sistema: el Cordero de Dios que había de quitar los pecados del mundo.

“El idioma hebreo era cultivado como el más sagrado del mundo. Se mantenía un espíritu de devoción. No solamente se enseñaba a los alumnos el deber de orar, sino también cómo orar, cómo acercarse a su Creador, cómo ejercitar la fe en él y cómo comprender y obedecer las enseñanzas de su Espíritu. Inteligencias santificadas sacaban del tesoro de Dios.

“El arte de la melodía sagrada era diligentemente cultivado. No se oía el frívolo vals ni la canción petulante que ensalzaba al hombre y apartaba la atención de Dios, sino sagrados y solemnes salmos de alabanza al Creador, que engrandecían su nombre y repetían sus obras maravillosas. De ese modo se hacía servir a la música para un propósito santo: dirigir los pensamientos hacia lo que era puro, noble y elevador y despertar en el alma devoción y gratitud hacia Dios.” (La Educación Cristiana, págs. 261 – 263).